Por Diego de la Mora Maurer @FundarMexico

Hace un par de meses, rebasamos un nuevo umbral de contaminación en el mundo: durante todos los días de septiembre se registraron 400 partes por millón de CO2 en la atmósfera. Estas concentraciones de CO2 están calentando el planeta y, si no actuamos pronto, serán cada vez más difíciles de revertir. ¿Qué podemos hacer?

Lo primero, me parece, preguntarnos de dónde viene tanta contaminación y qué podemos hacer para contrarrestarla. Buena parte de lo que contaminamos lo hacemos satisfaciendo un requerimiento básico: comer. Las decisiones que tomamos todos los días sobre lo que comemos contribuyen a la contaminación. Si vamos al Oxxo y compramos unas papitas y un refresco que no nutren nada, – en lugar de comernos una fruta y una palanqueta, por ejemplo-. No solo afectamos poco a poco nuestra salud, sino que además, al decidir por una u otra comida, afectamos de manera distinta al planeta.

¿Cómo llegamos a este sistema de alimentación en el que es más fácil ir a la tiendita, a los tacos de la esquina o a cualquier changarro y lo difícil es comer bien?

Primero, justo por eso, porque parece más cómodo. Pero sobre todo porque ocurrió, hace más o menos 60 años, una transformación radical en la forma en la que comemos: la “Revolución Verde”. Lo que hizo esta transformación fue, en pocas palabras, industrializar buena parte del campo en los países del norte y en varios países del sur. Es decir, llevar tecnologías industriales al campo: maquinaria agrícola, agroquímicos, biotecnología y sistemas tecnificados de riego. Pero además, implicó modificar una de las principales técnicas agrícolas tradicionales: el cultivo de alimentos diversos (como la milpa en México), lo anterior fue suplantado por el monocultivo, es decir, por el cultivo de un solo producto en una extensión de tierra.

Esta “revolución tecnológica del campo” prometía resolver una angustia mundial: el club de Roma había amenazado con que la población crecía a un ritmo mucho mayor que la producción de comida por lo que pronto nos quedaríamos con una humanidad hambrienta. Esa predicción, junto con el grandísimo negocio que significa concentrar la producción de comida, hicieron que la revolución verde pareciera la mejor idea del mundo. Y tuvo resultados sorprendentes: la producción de maíz en México, por ejemplo, aumentó de .750 a 3 toneladas por hectárea entre 1950 y 1970.

Sin embargo, los impactos de la tecnificación del campo han sido durísimos para el planeta y, sobre todo, para las y los campesinos. La contaminación generada por los agroquímicos tóxicos y por el transporte de alimentos desde regiones remotas, la utilización intensiva de la tierra y las consecuencias de los monocultivos en la pérdida de diversidad de semillas, entre otros, son algunos de los efectos de la manera en que producimos (y consumimos) nuestros alimentos.

Pero además, las consecuencias sobre las y los campesinos han sido brutales. En México se sigue privilegiando a la agroindustria por encima de la producción a pequeña escala: buena parte de la agricultura industrializada se sigue financiando con recursos públicos. Llevamos más de tres décadas apoyando a empresas que producen, comercializan y, en muchos casos, exportan alimentos en lugar de apoyar a las y los campesinos que producen en pequeñas extensiones de tierra. También, con nuestras decisiones diarias, seguimos privilegiando un modelo de consumo que reproduce la cadena agroindustrial.

Existen múltiples razones para cambiar de paradigma y repensar la forma en que producimos, comerciamos y comemos: las más obvias son dejar de contaminar, de degradar la tierra; mejorar nuestra nutrición y, sobre todo, las condiciones de vida de las y los campesinos. Discutamos públicamente y encontremos formas de cambiar las políticas hacia el campo. Consumamos alimentos producidos por campesinas y campesinos, cerca de donde vivimos y, de preferencia, cultivados con técnicas agroecológicas.

En México se hicieron los primeros ensayos de la revolución verde. Ahora se requiere transitar a un modelo agroecológico que permita alimentarnos de manera sostenible, con mayores beneficios para quienes trabajan la tierra e impactos positivos en nuestra nutrición.

Publicada originalmente en Sin embargo